31 jul 2009 | By: Copijza

Masones

Por: Catón
Gentileza del QH: Moises Carrillo

En la clase de catecismo, Pepito dormitaba. La señorita Peripalda le preguntó: "¿Quién hizo el mundo?". En ese preciso momento, Juanetón, rudo escolapio, le picó por atrás a Pepito con un carrizo. "¡Dios!", exclamó él al sentir aquella punzadura. "Muy bien", aprueba la catequista. Pepito, ya tranquilo, volvió a caer en su sopor. Advirtió eso la señorita Peripalda, y le preguntó para sacarlo del letargo: "¿Quién es el hijo de Dios?". Coincidió la pregunta con otro nuevo piquete que le dio a Pepito aquel infame Juanetón. "¡Jesús!", profirió el chiquillo al sentirse lacerado así. "La respuesta es correcta", aceptó la señorita Peripalda. Pepito volvió a dormitar. Se dirige a él nuevamente la maestra y le pregunta: "¿Qué le dijo Eva a Adán en el paraíso terrenal?". Otra vez el tal Juanetón le picó a Pepito con el carrizo. Pepito ya no se pudo contener. Se levantó de su pupitre y gritó muy enojado: "¡Si me vuelves a picar con esa porquería te la voy a arrancar y te la voy a clavar en la cola!"... Yo siento simpatía por los masones. Nunca he sido masón. (Tampoco, al igual que el poeta jerezano, he sido nunca Caballero de Colón). Dos o tres tíos por parte de mi madre pertenecieron a la masonería. Recuerdo el sobresalto que sentí cuando uno de mis pequeños primos me mostró ocultamente el mandil de masón de su papá. Yo estudiaba en colegio religioso, y ahí se nos había enseñado que los masones estaban condenados al infierno. En una novelita llamada, si no recuerdo mal, "Flora y Elío", leí que los perversos hombres de esa diabólica corporación llevaban a cabo ritos espantosos en que inocentes niños eran sacrificados. Tuve la gran fortuna de que en mi casa hubiera crisis económica, y mis padres ya no pudieron pagar la colegiatura de aquella institución. Entonces fui a estudiar en una escuela pública, la Anexa a la Normal. ¡Qué escuela ésa! Estar en ella era como estar dentro del "Corazón, diario de un niño", el entrañable libro de D'Amicis. Iban ahí niños de todas las condiciones, desde el hijo del modestísimo albañil hasta el del comerciante adinerado, y ninguna desigualdad se establecía entre ellos. Además -¡loado sea Dios!- había niñas. El paraíso terrenal. En esa escuela recibí las primeras lecciones de liberalismo en el sentido mejor de la palabra; no de fanatismo al revés o de jacobinismo obtuso, sino de tolerancia, respeto al modo de pensar de los demás y libertad de juicio. Después, otra institución de raíz liberal, el Ateneo Fuente, me abrió los caminos de la vida, a los cuales añadí luego algunos deleitosos atajos por mi cuenta. Quedaron atrás aquellos oscurantismos infantiles -culpa fueron del tiempo, no de mi colegio-, y sé ahora que mi tío Refugio, gran Caballero de Colón, y mi tío Raúl, masón del grado 33, gozan por igual la gloria, respectivamente, de Dios Nuestro Señor y del Gran Arquitecto del Universo. Otra vez loado sea el Señor, que no hace las distinciones que los hombres hacen, y mira en ellos sólo el bien con que a su hermano ayudan, y el amor y alegría que le dan. En mí quedaron atrás aquellos oscurantismos, dije, pero en México no han quedado atrás. Hay quienes libran aún la guerra de cristeros y piensan todavía que fuera de la Iglesia no hay salvación. Existe, ninguna duda cabe, una feroz ultraderecha que no se aviene a cosas como la libertad de pensamiento, el respeto a los modos de ser de los demás, y la tolerancia ("Para eso hay zonas", decía con encono el catolicísimo Claudel). Es necesario entonces tener presente el carácter laico que los valiosos liberales del siglo 19 le dieron al Estado mexicano, y que no atenta contra ninguna religión, antes bien las protege a todas -especialmente a la mayoritaria, la católica- contra las insanas tentaciones del poder. En esa tarea, la de recordarnos el laicismo que da rumbo y sentido a la vida pública de México, la masonería y los masones, no los anacrónicos comecuras ni los furiosos jacobinos, son una presencia muy valiosa. Sin pertenecer yo a la orden -a ninguna orden, a ningún orden pertenezco-, desde aquí les envío un saludo agitando mi mandil, el cual no es de masón, sino de esa inmensa fraternidad universal que es la de los casados... FIN.

Fuente: elnorte.com, 29 de julio 2009
16 jul 2009 | By: Copijza

La secularización del Estado y de la sociedad

Por: Patricia Galeana

Gentileza de la Respetable Logia Simbólica Nicolás Bravo No. 1

En el siglo XVIII, Carlos III inició el proceso de secularización1 del imperio español. Consumada la Independencia de México, los liberales culminarían el proceso secularizador, al instaurar por vez primera en el continente americano la independencia del Estado en relación con la Iglesia; sólo Haití lo había hecho antes.

A mediados del siglo XIX, los liberales mexicanos lograron hacer la primera Constitución que superó la intolerancia religiosa, en 1857. Pero la Iglesia condenó la Constitución, excomulgó a quien la jurara y patrocinó el levantamiento armado. Esto llevó al gobierno constitucional a pasar de la secularización de los bienes del clero a su nacionalización. Se desencadenó la guerra civil de tres años y, en la parte más cruenta de la misma, se suprimieron las corporaciones eclesiásticas de acuerdo con el principio de que la libertad es irrenunciable.

El 7 de julio, hace 150 años, desde Veracruz, el gobierno constitucional decretó la legislación que consumó la Reforma liberal, suprimió el viejo régimen de Estado confesional y estableció un Estado laico, con la separación de los asuntos políticos de los religiosos; desapareció el estado estamental corporativo y surgió una sociedad civil. El Estado asumió plenamente su soberanía, se crearon el matrimonio como institución jurídica y el registro civil, se secularizaron los cementerios y los hospitales.

La culminación del proceso de secularización del Estado y de la sociedad se dio al dictarse la libertad de creencias, en diciembre de 1860; se hizo explícito este derecho que había quedado implícito en la Constitución de 1857. Esta ley, redactada por Juan Antonio de la Fuente, significó una verdadera revolución cultural, la más trascendente del siglo.

No podemos celebrar el aniversario número 150 de las Leyes de Reforma sin recordar las razones de Benito Juárez para fundamentar el Estado laico: "Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente este deber si fueran sectarios de alguna".

Diferentes fuentes católicas en diversas etapas de la historia han coincidido con Juárez. Durante la Intervención francesa, el abate Testory se enfrentó al ultramontano clero mexicano, que se resistía a perder el poder político, y le señaló que cuando la Iglesia se convierte en fortaleza, como fortaleza es tratada y tomada. El teólogo francés Ives Congar, en su obra Sacerdocio y laicado, consideró que el clericalismo, entendido como la utilización de la calidad sacerdotal para hacer política, es contrario a la doctrina cristiana. En el mismo sentido, el jesuita Jesús González Casillas, en su Historia de la Iglesia en México, considera que la separación entre la Iglesia y el Estado es benéfica para la Iglesia, porque cuando ambas instituciones van juntas, caen juntas.

El mayor legado de la Reforma liberal fue la creación del Estado laico. En la historia nada es para siempre: así como la Independencia y la justicia social son una lucha permanente, hay que preservar el legado de la generación más brillante que ha tenido México en su historia. Sin laicismo no hay democracia. Por eso hay que reformar la Constitución para hacer explícito que México es un Estado laico, y también modificar el concepto decimonónico de libertad de cultos por el concepto del siglo XX de libertad de conciencia.

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1 La secularización es el proceso que experimentan las sociedades a partir del momento en que la religión y sus instituciones pierden influencia sobre ellas, de modo que otras esferas del saber van ocupando su lugar. Con la secularización, lo sagrado cede el paso a lo profano y lo religioso se convierte en secular. Un ejemplo claro de secularización es, en el caso del cristianismo, la Ilustración. La secularización implica una “mundanización” (sin querer dar a esta palabra ningún sentido peyorativo) de la religión y la sociedad, y sigue siendo también un tema de interés filosófico, sobre todo a la hora de plantear las relaciones que debe haber entre la religión, la política y la ética.

«Secularización» proviene del latín seculare, que significa "siglo" pero también "mundo”. De ahí que secular se refiera a todo aquello que es mundano, por oposición a lo espiritual y divino. De saeculum también deriva la palabra «seglar», con la que se designa a los miembros de la Iglesia que no son clérigos. Así pues, «secular» se opone a «religioso», como «profano» se opone a «sagrado».